La modernidad reviste características tales que, sin lugar a dudas,
representa una ruptura con respecto a las formas anteriores. Las
formaciones precapitalistas eran sociedades predominantemente agrarias,
en las que prevalecía el valor de uso y la economía natural y los
objetos producidos eran concretos y variados, concebidos para durar. El
hecho de que se tratara de sociedades más bien cerradas, aisladas y con
escasas comunicaciones facilitó la formación de culturas muy diversas.
Las relaciones sociales eran personales, directas e inmediatas, lo que
evidentemente no excluía la explotación y la sujeción, inherentes a toda
sociedad estatal, pues se trataba de sociedades jerarquizadas, cuya
base de legitimidad política y social era religiosa y el poder
sacralizado y absoluto.
El advenimiento del capitalismo significa el momento de ruptura y
negación, en el que se privilegia el valor de cambio (mercantil) en
detrimento del valor de uso, y la uniformización homogeneizante en
menoscabo de la diversidad cultural. Con él surge un cambio del eje de
actividades, de sociedades fundamentalmente agrarias a sociedades
urbanas; el producto elaborado, al transformarse en mercancía, adquiere
una significación abstracta, al mismo tiempo que pierde su condición de
objeto durable y variado.
Las relaciones sociales muestran una nueva opacidad debido a la
aparición de intermediaciones (desde la mercancía hasta el Estado) que
tienden a adquirir una existencia autónoma y en consecuencia a
fetichizarse, generando una enajenación económica y política. La base de
legitimidad socio-política se fundamenta en la racionalidad; el poder
condensado en el Estado se vuelve impersonal y está definido por
instituciones y constituciones. De lo concreto se pasa a lo abstracto;
de lo transparente a lo opaco; de lo inmediato a lo mediato; de lo
diferente y variado a lo homogéneo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario